miércoles 3 de marzo de 2010

¡CUANDO UN AMIGO SE VA!
FERNANDO F. CANCELA

A Víctor, Paty, Oscar, Carlos,
Sergio y Karina Jiménez Mejía


Talvéz había perdido su vista un cincuenta por ciento de lo normal, sin embargo, el esfuerzo que hizo para verme a través de sus lentes bifocales fue superior cuando escuchó mi voz. Esa fue la última vez que lo vi y salude en el 2009, fue frente a la Arena Xalapa de la calle Clavijero, llegaba a su querido hogar después de un chequeo médico de rutina. No fue difícil darme cuenta del gusto y la impresión que le causó nuestro encuentro, y lo disfrutamos al máximo cuando en el interior de su vivienda, recordamos viejos tiempos que incluyeron a los amigos que teníamos en común.

Le ayudé a bajar del taxi del que descendió con su inseparable esposa Yolanda. -Pasa Cancela-, me dijo, tomándome del brazo al que se enganchó con gusto. La persona de quien le hablo era mi amigo, Roberto Jiménez Hernández, a quien de cariño le decíamos “Becerro”, quién partió de esta vida terrenal para encontrarse con Dios el pasado lunes 22 de febrero del presente año.

Físicamente Roberto Jiménez era un hombre alto y delgado, con una fuerza que a mi parecer, le ayudó contra la interminable lucha que sostuvo contra la Diabetes Mellitus. Solo los que lo conocimos sabemos de ese excelente potencial físico que siempre lo caracterizo y que hace suponer que él no fue vencido por la enfermedad, pues siempre su estado de ánimo fue superior al mal que padeció hasta el último de sus días.

Roberto murió como los valientes. Con mucha dignidad se aferró a la vida enfrentándose a una serie de complicaciones clásicas del “azúcar” que lo intentaron disminuir y dejar en la banca, pero que él, nunca lo permitió. A pesar de que fue dializado durante más de seis años, demostró en vida que no era fácil de vencer y solamente las complicaciones que dejó una cirugía en su intestino, fueron capaces de doblegar su fuerza de voluntad.

Solo por esa razón fue que regresó al Seguro Social, institución que demostró a propios y extraños lo que un ser humano como él puede ser capaz. Tal vez, más de una docena de médicos generales y especialistas, supieron de su historia clínica y fueron testigos de como un buen estado de ánimo y fuerza de voluntad pueden superar a la misma ciencia médica. No decía mal ese famoso galeno vienes, Segismundo Freud cuando reflexionaba, “no hay enfermedades, sino enfermos”.

Y esto no es hablar por hablar, pues sabemos de cómo él se cuidó y llevó los tratamientos médicos al pie de la letra. Sus terapias, su dieta y los excesivos cuidados de limpieza que Paty practicaba durante la diálisis, fueron un claro ejemplo del amor, de paciencia y de gratitud que se convirtieron en el pan de cada día; aún así Robert nunca se rindió, a pesar de sus 63 años que cumplió y se llevó a la tumba.

Incontables fueron las veces que compartimos las buenas y sanas comidas que a él le gustaban y que fueron algo especial, siendo la principal los mariscos recién sacados del agua; el caldo de robalo que preparaba muy a su estilo y que disfrutamos una y otra vez, lo mismo en Xalapa que en su casa de Actopan o abajo de un mangal, donde una parte del menú, era la música folclórica del grupo Tlen-Huicani que tanto le gustaba.

Robert fue un buen hombre; amoroso como hijo, como padre y como esposo, así como excelente amigo; las ordeñas en el rancho de Rafael Ramírez, en Las Vigas, junto a Héctor Ulloa, Paty Romero, el extinto Fernando Ramírez y sus queridos hijos fueron algo especial. Y cómo no recordar cuando al calor de las copas, degustamos algún corte asado o disfrutamos de las ricas carnitas de cerdo, haciendo de nuestra amistad un viaje interminable.

Es por eso que al enterarme de su muerte, sé lo que siente el corazón de alguien que pierde un amigo. Alberto Cortés lo canta en esa canción que dice, “cuando un amigo se va/ queda un espacio vacío/ que no lo puede llenar/ la llegada de otro amigo”. Descansa en Paz, respetado y querido amigo.

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